martes, 30 de junio de 2015

Muescas (I)


Siempre que paso por delante de la Puerta de la Almoina, en la Catedral, me llama la atención una de las piedras a la derecha de la pesada puerta de madera, dentro de los arcos y a la altura de la cintura. Se aprecian claramente en la piedra numerosas muescas verticales, largas y profundas, y siempre me he preguntado cuál sería el origen de las mismas. La primera idea que me cruzó la mente fue que en épocas remotas hubieran ocupado la Plaza de la Almoina los puestos de un mercado, y que los carniceros utilizaran la piedra para afilar sus cuchillos. Una posible alternativa a esta explicación hacía siempre que se me erizaran los pelos de la nuca y que un escalofrío recorriese mi espalda: era posible que las marcas hubiesen sido producidas por el hacha del verdugo, al prepararse para las ejecuciones en la época medieval…

Un domingo por la mañana, y precisamente en este lugar, me encontré saliendo por la puerta a Jaime Sancho Andreu, conservador y responsable de patrimonio de la Catedral, y aproveché para preguntarle por las muescas. Me contestó que incluso para ellos son un enigma, y que hay varias teorías al respecto. Aparte de las anteriores, cabe también la explicación de que se deban a los mendigos que se sentaban en ese lado de la puerta, tal y como muestran las antiguas fotos de Laurent, y que afilaban allí sus navajas; o incluso que los responsables fuesen los niños que antiguamente afilaban así las puntas de sus peonzas… En cualquier caso, en el proceso de restauración de la Catedral se decidió respetar las muescas y dejarlas tal cual.




Este misterio fue el detonante de que empezara a documentarme un poco más en serio sobre los lugares de ajusticiamiento en la Valencia cristiana medieval, un tema que desde siempre me había parecido interesante. Ya ha habido en el blog otras entradas en las que se ha hablado de violencia en la Valencia antigua, y de las masacres y martirios de la época romana. Y la violencia no cesa con la Reconquista, empezando ya por el intento de recuperar la ciudad por parte del Cid Campeador: poco después de entrar en Balansiya, Rodrigo Díaz de Vivar apresó al Qadí Ibn Yahháf y, después de torturarlo brutalmente en El Puig para averiguar el paradero de las riquezas del fallecido rey musulmán, lo enterró hasta la cintura cerca de la Puerta de la Boatella y lo quemó vivo… Cuenta la leyenda que el pobre Qadí se arrimaba las ascuas ardientes al cuerpo, implorando a Alá para morir más deprisa.

Ya en época de Jaume I, siglo y medio después, los Fueros del Reino de Valencia especificaban con detalle cuáles eran las penas a cumplir por los distintos delitos, la peor de las cuales era por supuesto la pena capital. La cárcel no se consideraba como un castigo en sí mismo, era sólo la espera hasta recibir el castigo apropiado. Parece ser que hasta el S.XVI la cárcel estuvo emplazada en la planta baja de la Casa de la Ciudad, el antiguo ayuntamiento junto a la Plaza de la Virgen, y que el gran incendio sufrido por el edificio en 1586 fue originado precisamente por los presos encerrados en los calabozos. Después las Torres de Serranos se convirtieron en la cárcel de los presos nobles y los reos de muerte. Las ejecuciones despertaban mucha expectación, y por eso las autoridades elevaban los patíbulos en los lugares más frecuentados, o en puntos próximos a donde habitaba el reo. Parece ser que inicialmente las horcas no eran estructuras permanentes, se elevaban sólo cuando se tenía que ejecutar a alguien. Se situaban principalmente en la Plaza del Mercado, en la puerta de la mancebía, en la Plaza de Predicadores, en la de las Cortes o bajo el puente de Serranos (en este último lugar se ajusticiaba a los mudéjares condenados a muerte, colgándolos de los pies en una argolla y con un saco de piedras atado al cuello). Más tarde se construyó un cadalso permanente, hecho de piedra y argamasa, que se ubicó en la Plaza del Mercado, frente a la Lonja (no es muy higiénico, eso de mezclar los muertos con la comida, pero estamos hablando de la Edad Media). Según las crónicas, la instalación de este patíbulo de mampostería es anterior a 1409. Allí se ajusticiaba a todo tipo de delincuentes: asesinos, parricidas, uxoricidas…

A los nobles, que eran ejecutados por decapitación, un proceso más rápido y menos indecoroso, se les elevaba el cadalso en la Plaza de la Virgen dando a la calle de Caballeros, o frente al Palacio Real, en la actual zona de los Viveros. Los autos de fe se ejecutaban también en la Plaza de la Virgen, o en la Plaza de la Almoina. Los herejes, sodomitas y demás acusados por la Inquisición eran quemados junto al río en el Paseo de la Pechina, frente a la actual Casa de la Caridad, en un lugar llamado el Quemadero. Algunos de ellos eran quemados vivos y a otros, los que se habían arrepentido públicamente de sus pecados, se les rompía el cuello por garrote vil en los instantes previos a encender la hoguera.




Ya sea por horca, degüello, hoguera, garrote o rueda, desde la Baja Edad Media hasta bien entrado el S.XVIII las ejecuciones se desarrollan como un auténtico espectáculo de masas, una interpretación dramática en la que el patíbulo es el escenario, el verdugo y el condenado los dos actores principales, y los mirones de la muchedumbre los espectadores. En algunos casos, como veremos al final de esta entrega, la coreografía era tan compleja y sofisticada que exigía que reo, verdugo y público se fueran desplazando por distintos puntos de la ciudad para realizar una serie de pasos o estaciones, a fin de dar cumplida sentencia de la pena impuesta.

Una vez pronunciada la sentencia, se le daba a ésta la máxima publicidad posible con antelación para congregar a un mayor número de espectadores. Era la figura del Trompeta la que se encargaba de dar noticia del suceso; éste se paseaba por los lugares más concurridos de la ciudad y, cuando había conseguido reunir a un buen puñado de oyentes, leía la sentencia. Como ya hemos dicho, la mayoría de ejecuciones se producían en la Plaza del Mercado, escenario de fiestas y pregones pero también a veces de violencia y muerte. Gentes venidas de todas partes de la ciudad y la huerta se congregaban cerca del cadalso. Mientras los tenderos intentaban vender sus productos a los curiosos, en torno al patíbulo se arremolinaban labradores, comerciantes, religiosos, mendigos y pillos, que a pesar de lo variopinto de sus reacciones no perdían detalle del horroroso espectáculo.




La pena de muerte, a fin de que fuese efectiva, tenía que ser pública tanto en su ejecución como en la exposición posterior del cadáver. Si no, no se entiende la exigencia de que el cuerpo del ajusticiado quedara colgando en la horca durante varias horas, o incluso descomponiéndose durante días, o que en otros casos el cadáver fuese descuartizado y los distintos miembros distribuidos por las puertas de entrada a la ciudad y los cruces de caminos, lugares todos ellos muy concurridos, como advertencia a los demás ciudadanos de que los crímenes cometidos acaban pagándose. Además, el hecho de abandonar los restos del ajusticiado a las aves y alimañas, negándole así el reposo eterno que proporciona un enterramiento cristiano, suponía un castigo adicional al de perder la Vida. Dando otra vuelta de tuerca al asunto, son de sobra conocidos los cuentos macabros sobre los restos de los ejecutados, arrojados a los caminos no sólo para pasto de bestias sino también a veces para uso de pasteleros sin escrúpulos, acabando como relleno para empanadas. Este tipo de referencias de humor negro aparecen por ejemplo en El Buscón de Quevedo y en los versos de Jaume Roig, y si se citan es porque seguramente en alguna ocasión esto ocurrió de verdad…

Las ocasionales ejecuciones eran consideradas por el pueblo como un entretenimiento más, una ocasión de olvidarse de sus propias miserias durante un par de días, hasta el punto de que para algunos lo de menos era el saber si el condenado era o no culpable. A veces las sentencias de muerte se incluían en el programa de los distintos festejos: en 1488, por ejemplo, el Rey Fernando el Católico visitó la ciudad con la finalidad de clausurar las cortes, y Valencia le ofreció un espectáculo justiciero en el que sentenciaron a nueve personas a la pena capital por robo. Lo mismo sucedió años más tarde con su nieto el Emperador Carlos: se quemó entonces a trece hombres y mujeres, y poco después, tras la comida, el Emperador, los Duques de Calabria y Gandía y otras ochenta personas jugaron a cañas en la Plaza del Mercado… La sentencia múltiple no había sido más que una parte del espectáculo.

En resumen, los cuerpos atormentados y mutilados de los reos se convertían no sólo en advertencia a sus congéneres sino también en motivo de diversión y válvula de escape para una sociedad asfixiada por los impuestos y azotada a menudo por el hambre, la peste y las guerras… Las ejecuciones medievales son el equivalente a los espectáculos de muerte del Circo Romano, muy frecuentes un milenio atrás; y, salvando las distancias, podríamos decir que algo de todo esto queda hoy en día con el morbo fácil de los asesinatos y las tragedias televisadas casi en directo desde todos los puntos del planeta.




Como decíamos antes, inicialmente la justicia establecía que los cadáveres quedaran expuestos hasta su descomposición para escarnio y ejemplo, siendo luego enterrados en el cementerio de la Iglesia de los Santos Juanes, junto a la misma Plaza del Mercado, pero esa costumbre era claramente insalubre y antihigiénica, por lo que ya a finales del S.XIV se decidió trasladar los cuerpos al llamado Cementerio de los Ajusticiados, en Tavernes Blanques, cerca del Barranc del Carraixet, en un lugar de paso bastante frecuentado pero lo suficientemente alejado de la ciudad. Aquí volvían a colgarse los cuerpos en una siniestra ceremonia y quedaban nuevamente expuestos y a merced de los elementos y las alimañas durante un tiempo, para ser posteriormente enterrados. La Cofradía de Nuestra Señora de los Santos Inocentes y Mártires se encargaba de asistir a los condenados antes de la ejecución y de dar sepultura a sus cuerpos después. La exposición de los cadáveres dejó de practicarse en 1790, pero la pena capital siguió vigente, y hasta bien entrado el S.XIX se siguió enterrando aquí a los ajusticiados. Hace ya casi dos siglos que nadie es sepultado en este lugar, pero la Cofradía sigue existiendo y sus miembros se encargan del mantenimiento del jardín del cementerio y de sufragar misas en recuerdo de los que aquí reposan, en la Ermita de la Virgen de los Desamparados.




Y si los cofrades se encargaban de la piadosa tarea de enterrar a los criminales, había ciertas sentencias que requerían precisamente desenterrar a las víctimas como parte de la pena. Se trataba de los uxoricidas y parricidas, personas que habían matado a su padre, madre, esposo o esposa. En estos casos la condena exigía que previamente a la ejecución el muerto fuera colocado sobre el vivo y viceversa, con las bocas juntas, lo que obligaba a llevar al reo al cementerio, donde se cumplía con tan macabro ritual. Por ejemplo, se cuenta el caso de un tal Riudaura que en marzo de 1453 mató a su mujer, a su padre y a su madre, junto con sus suegros y cuñada, envenenándolos a todos: lo introdujeron vivo en el sepulcro de su padre y en el de su madre antes de colgarlo.

Pero el relato más escalofriante de todos los que he podido consultar en este apartado es el de un tabernero que mató a su mujer en 1527, siendo condenado a muerte. Para ello le dieron el paseo acostumbrado (es de suponer que maniatado) desde la cárcel al patíbulo, pero haciendo escala primero en la Iglesia de Santa Catalina, en cuyo cementerio estaba enterrada su mujer desde hacía tres o cuatro días. Una vez allí, y en medio de una gran expectación, sacaron a la mujer del sepulcro, colocándola en el suelo con la cara descubierta, y tumbaron al tabernero sobre el cadáver, boca con boca. Luego los colocaron en la posición inversa: él tumbado en el suelo y el cadáver de ella justo encima. El condenado no lo pudo soportar más y comenzó a gritar, clamando misericordia a Dios y pidiendo perdón a su mujer y a todos los allí presentes… Luego, y seguramente con gran alivio del reo, lo ahorcaron.

La próxima semana, continuando con la búsqueda de respuestas al enigma de las muescas, desvelaremos más detalles acerca del verdugo de la ciudad de Valencia, quién era, de qué tareas se encargaba exactamente y cuáles eran sus tarifas; y nos centraremos en algunas ejecuciones famosas acontecidas en nuestras plazas a lo largo de los siglos, acercándonos poco a poco al momento presente. Perdonad el chiste malo, pero… ¡se suspende la sesión!



lunes, 22 de junio de 2015

La Reproducción Sexual


La primera vez que me enamoré perdidamente de una mujer tenía trece años, a punto de cumplir catorce. En mi colegio no había chicas en el ciclo de EGB, y con la entrada en BUP (en combinación, por supuesto, con la explosión hormonal típica de la edad) se abría para nosotros una puerta a un nuevo mundo de emociones y posibilidades. La chica de la que os hablo era una compañera de mi misma clase dos meses mayor que yo, algo que a los trece parecía un obstáculo insalvable para muchos pero que a mí me daba absolutamente igual. Reunía muchos de los rasgos físicos que me gustan en una mujer (pensando en ello años después me he dado cuenta de que se parecía un poco a Leonor Watling): ojos grandes y bonitos, nariz chata, mandíbula ancha y fuerte (se pasaba el día mascando chicle), labios finos, voz grave y una sonrisa franca y amplia que iluminaba toda la clase, dejando ver sus dos hileras de dientes pequeños pero muy ordenados.

Algunos de los flashes de aquella época que se me han quedado grabados a fuego en la memoria están relacionados con ella: el recibir una ráfaga del aroma de su perfume, o la contemplación de la luz reflejándose en su pelo largo, liso y castaño cuando se sentaba junto a la ventana en un día soleado. Jamás olvidaré aquella ocasión en que varios alumnos nos amontonamos junto a la mesa del profesor para consultar la lista de resultados de un examen… Ella estaba delante de mí, muy cerca, y como me empujaban desde atrás podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo. Niña que ya no era tan niña, su camisa blanca se había quedado demasiado pequeña para su talla de pecho, y según la postura que adoptaba los huecos entre los botones en tensión dejaban entrever en mayor o menor grado la promesa de un placer sin límites. Desde atrás y por encima de su hombro yo no podía evitar, como decían los Gabinete Caligari, asomarme al balcón de su escote, hipnotizado sin remedio por el contraste entre su piel morena y el blanco inmaculado de su sujetador…




Imaginaos cuál fue mi sorpresa y mi alegría cuando me pidió que fuese su compañero para hacer un trabajo de Biología por parejas sobre “La Reproducción Sexual”. ¡Ella me lo pidió a mí, a mí y a nadie más! Nos repartimos la faena en lo tocante a buscar información: yo me encargué de la anatomía y funcionamiento del aparato reproductor masculino, así como de métodos anticonceptivos para el hombre, y ella hizo lo propio con la parte femenina, poniéndolo después todo en común quedando en un par de ocasiones fuera de horas de clase. La verdad es que nos salió un trabajo bastante apañado, con unos estupendos diagramas anatómicos en color con pestañas desplegables que encontré por mi casa… Seguramente fue mi fama de inteligente, disciplinado y trabajador lo que la impulsó a pedirme que fuese su pareja, aunque tampoco descarto que además se diera cuenta de que yo era uno de los pocos chicos de clase lo suficientemente imbécil como para no aprovechar el tema del trabajo como forma de romper el hielo y tirarle los tejos… En cualquier caso, lo que no me podrá quitar nunca nadie es que en cierto modo hice “La Reproducción Sexual” con ella, aunque no exactamente en la forma en que a mí me hubiera gustado.

Como ya he dicho, por aquel entonces yo estaba bastante más atontado que ahora y ni siquiera llegué a decirle nunca a esta chica que me gustaba. El año que llegó al colegio la invité a mi fiesta de cumpleaños, con tan mala suerte que precisamente ese día conoció a su primer novio, un amigo mío guapete y repetidor que se había marchado a otro instituto, al que también había invitado. Recuerdo que tanto ella como yo estábamos apuntados a las sesiones de catequesis para la confirmación los viernes por la tarde (a esa edad todavía no éramos lo suficientemente maduros para decidir si queríamos o no confirmarnos, pero era lo que tocaba), y recuerdo también que ella se las pelaba para irse al Arena Auditorium a morrearse con el repetidor, y a mí me pedía que mintiera a sus padres si me preguntaban, para que no descubrieran que había hecho novillos. De modo que se iba de juerga con otro y encima me usaba de cómplice: me parece que si buscáis la definición de “Pagafantas” en la Enciclopedia veréis una foto mía al lado… Este primer novio no le duró mucho, y poco después empezó a salir con uno de nuestro mismo curso, pero de otra clase, que al parecer tenía unos padres con mucha pasta, porque se gastaba una moto deportiva que no veas; y con él seguía cuando acabamos el colegio y nos fuimos a la Universidad.




Perdimos bastante el contacto, pero me enteré por otros compañeros de que tuvo problemas de ansiedad en la carrera, hasta el punto de que tuvieron que hospitalizarla un par de veces. Su noviazgo con el de la moto duró diecisiete años, si no recuerdo mal, después de los cuales se casaron, separándose a los dos meses. Poco después de que me llegara esta noticia tuve un par de breves encuentros casuales con ella. Un día me la encontré en el cauce del río haciendo footing (ella, no yo), le dije que sentía lo de la reciente ruptura y hablamos durante un par de minutos. Tenía la cara sudada y congestionada por el ejercicio, y además llevaba puestas unas gafas de sol (que no se quitó, a pesar de que había atardecido hacía rato), de manera que no pude apreciar bien si los años transcurridos o los disgustos sufridos habían hecho mella en su rostro. La última vez que la vi, unos meses después, fue a una manzana de distancia de nuestro antiguo colegio. En aquella ocasión, bajo la luz de las farolas, sí pude comprobar claramente que, a pesar de seguir siendo muy guapa, se la veía algo desmejorada, más delgada de cara, con más ojeras y la mirada más triste. Me contó que ya estaba definitivamente instalada en su propio piso y trabajando de administrativa (que es algo que nunca he sabido exactamente en qué consiste) en un pueblo no muy lejos de Valencia.




En ninguna de estas dos ocasiones se me ocurrió pedirle su e-mail, y tengo el teléfono de sus padres pero no su móvil. Hace poco se estuvo barajando la posibilidad de hacer una cena por el aniversario de la promoción del colegio, pero al final la cosa no fue adelante, con lo que llevo tres o cuatro años sin verla. Desde que corté con mi ex me he preguntado alguna que otra vez si esta chica seguiría sin compromiso, y me ha pasado por la cabeza la disparatada idea de intentar ponerme en contacto con ella e invitarla a tomar algo… A los trece años (a punto de cumplir catorce) yo no era ni la mitad de interesante ni la mitad de lanzado de lo que soy ahora (que en lo que respecta a lo lanzado tampoco es mucho que digamos, pero de eso hablaremos en otra ocasión), así que tal vez hoy en día tendría alguna oportunidad con ella, pero ¿de verdad quiero averiguarlo? Pensándolo fríamente, creo que en realidad nunca llegué a conocerla bien. En estos casos nuestro cerebro sólo recuerda lo que quiere y se queda con las partes bonitas, olvidando lo demás e incluso modificando algún detalle. Cuando hago un esfuerzo por recordarlo todo acerca de ella llego a la conclusión de que no teníamos muchas aficiones en común, y de que seguramente ahora la encontraría bastante aburrida (y a lo mejor también ella a mí, a su manera). Volviendo al trabajo de Biología del colegio, es una lástima que en lo que respecta al coito la práctica sea por lo general mejor que la teoría, pero que en lo relativo a otros aspectos de la vida en pareja ocurra precisamente lo contrario.

Pasados los años, ni siquiera los buenos recuerdos de lo que sentía por ella siguen muy vivos hoy en día. Están cada vez más borrosos, han quedado enterrados bajo capas de recuerdos de otros amores, algunos de ellos esta vez sí correspondidos. En cualquier caso, resulta bonito atesorar el tenue recuerdo de adolescencia que de ella me queda y esos escasos flashes más nítidos, junto a las ventanas de clase o junto a la mesa del profesor; y resulta irónico pensar que una vez hice “La Reproducción Sexual” con lo que a mí me parecía un Ángel caído del cielo, aunque me prefiriera a mí para la teoría y a otros para la práctica.



lunes, 15 de junio de 2015

Los Ríos y La Mar


I
Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando

cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando
;
cuán presto se va el placer;
cómo después de acordado
da dolor;
cómo a nuestro parecer
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

III
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir
:
allí van los señoríos,
derechos a se acabar
y consumir
;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos
;
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos
.

VIII
Decidme: la hermosura,
la gentil frescura y tez
de la cara,
la color y la blancura,
cuando viene la vejez
¿cuál se para?

Las mañas y ligereza
y la fuerza corporal
de juventud
,
todo se torna graveza
cuando llega al arrabal
de senectud
.

XII
Los placeres y dulzores
de esta vida trabajada
que tenemos
,
no son sino corredores,
y la muerte, la celada
en que caemos
:
No mirando a nuestro daño,
corremos a rienda suelta
sin parar
;
des que vemos el engaño
y queremos dar la vuelta,
no hay lugar
.



lunes, 8 de junio de 2015

Geodésicas


En geometría se define una geodésica como la línea de menor longitud que une dos puntos de una superficie dada y que está contenida en dicha superficie. Podría parecer a primera vista que las geodésicas son simplemente las líneas rectas, y efectivamente así es en los casos más sencillos, pero la cosa no es tan fácil cuando nos movemos en superficies con determinadas curvaturas y topologías o, peor aún, en espacios de varias dimensiones con geometrías no euclidianas. También puede haber determinadas condiciones de contorno u obstáculos que nos impidan seguir exactamente las geodésicas, aunque intentemos acercarnos lo máximo posible a ellas.




Pero hoy no vamos a hablar del Espacio-Tiempo relativista ni de topologías abstractas, sino de llegar desde un punto A hasta un punto B dentro de la ciudad. Creo que ya os he comentado alguna vez (y si no, os lo comento ahora) que me niego a conducir y que ni siquiera me he sacado nunca el carnet. Opino que la gente usa el coche mucho más de lo que sería necesario, y para mí no supone más que desventajas: el gasto de combustibles fósiles, la contaminación del aire, el ruido del tráfico, la posibilidad de tener un accidente o de atropellar a alguien, el fastidio de encontrar aparcamiento y la ocupación de un espacio que debería ser para los viandantes, el dinero que suponen gasolina, seguro, mantenimiento y garaje… Pienso que Valencia es una ciudad lo suficientemente llana y pequeña como para poder ir andando a los sitios, que es lo que yo suelo hacer, a no ser que me suponga más de treinta o cuarenta minutos, en cuyo caso utilizo el transporte público, generalmente el bus. Tratando de ser coherente con mis ideas, he intentado que la gran mayoría de mis rutinas habituales estén localizadas en la zona metropolitana, de manera que no tenga que depender de los coches de otros para hacer mi vida.

Cuando necesito ir a un punto de la ciudad que no frecuento mucho y veo que puedo llegar andando, cojo el plano de la EMT y me organizo el trayecto con antelación (no como esta gente que se ve de vez en cuando por la calle, que van improvisando sobre la marcha, mirando la pantalla de su GPS con cara de alelaos mientras arrastran los pies por la acera sin tener ni idea de dónde están). Para decidir cuál es la ruta más corta, lo que hago es imaginar una línea recta que une origen y destino y después, como si de una goma elástica o un trozo de cuerda se tratase, amoldarla a las calles más cercanas de forma que tenga que aumentar su longitud lo mínimo posible. Cuando voy con mucha prisa, me imagino este mismo cordel tenso por delante de mí mientras voy caminando y trato de seguirlo apurando en las curvas, dirigiéndome siempre derecho a la siguiente esquina (siempre y cuando no haya otros obstáculos de por medio, claro).




Están los obstáculos reales, físicos, contra los que no se puede luchar, como por ejemplo una pared, y por otra parte están los obstáculos percibidos como tales pero que realmente no lo son, obstáculos que sólo existen en nuestra cabeza… En particular, cuando voy andando por los ensanches de la ciudad y llego a un cruce me molesta bastante tener que desviarme por los chaflanes hacia el paso de cebra, y muchas veces cojo el camino más rápido (o sea, la línea recta) vigilando, eso sí, que no vengan coches. ¿Por qué narices tenemos que llegar los peatones más tarde a los sitios para que los conductores lo tengan todavía más fácil? Valencia es una ciudad que desde la década de los 60 se ha diseñado pensando más en los coches que en las personas, y ésta es una de las formas que tengo de tomarme mi pequeña revancha personal… De hecho, estoy tan acostumbrado a hacerlo que cuando voy acompañado me cuesta acordarme de que tengo que desviarme en los chaflanes junto con la persona que va conmigo (era algo que me pasaba a menudo con mi ex, y creo que en dos o tres ocasiones me llevé una regañina por ello).

Se puede acortar camino no sólo espacialmente sino también temporalmente: me refiero a cruzar en rojo cuando no pasan coches. Yo lo hago a veces, pero siempre comprobando primero que no hay peligro; y cuando hay niños pequeños mirando, no lo hago aunque no se vea un coche en un kilómetro a la redonda (yo puedo calcular bien las distancias pero ellos todavía no saben hacerlo, de modo que en estos casos prevalece la responsabilidad hacia las nuevas generaciones). Otra duda que me asalta cuando no hay niños es: ¿en las calles con tráfico más denso hay que cruzar forzosamente por el paso de cebra, o podemos imaginarnos zonas seguras que se mueven hacia delante desde las franjas blancas, en la dirección de los coches y a su velocidad promedio permitida, mientras el semáforo de peatones está verde? ¿Dice algo de esto la Dirección General de Tráfico? Sé que puede resultar algo difícil de visualizar, pero intentad pensar un poco en ello y decidme qué opináis vosotros.




En una entrada anterior os comenté que vivo bastante cerca de mi lugar de trabajo; además, casi la totalidad de este recorrido supone una línea totalmente recta… Pues bien: recorrer estas cinco manzanas, algo que en teoría debería poder hacerse con los ojos cerrados, es a menudo toda una aventura. Cada vez que lo hago tengo que prestar atención no sólo a los otros peatones sino también a algunos perros con correas extensibles, maceteros gigantes, bolardos, las mesas de las terrazas de varios locales, el carril bici, coches aparcados en segunda fila… Por no hablar de algún que otro chaflán, claro. Me recuerda a uno de esos videojuegos que se podían jugar en las antiguas consolas portátiles de los 80, las de pantalla LCD, en los que había obstáculos que se aproximaban a ti a medida que avanzabas y tú tenías que moverte a izquierda y derecha para esquivarlos y no perder vidas. Yo, intentando seguir mi filosofía del camino recto, me olvido de los chaflanes y para atajar utilizo el minúsculo espacio que queda entre las terrazas y el carril bici; y si les molesta a los que están sentados en las mesas, lo siento mucho, pero son ellos los que han invadido mi espacio natural como peatón, y no yo el suyo… ¡La calle es de todos, y no debería ser necesario pagar para disfrutarla!




No es la primera vez que hablamos en el blog de epiqueyas y de leyes y normativas que poco a poco van perdiendo su razón de ser inicial hasta quedar totalmente adulteradas. ¿Por qué no desobedecer aquellas normas que no consideramos justas o razonables? Para los que queremos aprender todo acerca de todo en el corto espacio de nuestras vidas (y a la vez hemos decidido caminar por convicción propia) el Tiempo es demasiado precioso como para malgastarlo en chaflanes y semáforos en rojo; y a falta de más parques y zonas peatonales y tranquilas en la ciudad, no queda más remedio que luchar una guerra de guerrillas contra los coches. Si Valencia ha sido de los peatones durante dos mil años, ¿por qué han tenido que cambiar tanto las cosas en los últimos cincuenta?

Esperemos que con la nueva etapa que comienza, después de veinticuatro años de excesos y abusos, mejore en algunos sentidos la movilidad dentro de nuestra ciudad, pero mientras tanto yo seguiré aplicando mis propias normas cuando lo crea conveniente… Y no sólo a la hora de caminar desde A hasta B, sino también en otros aspectos de la Vida que antes eran más sencillos y ahora ya no lo son tanto. Seguiré haciendo las cosas a mi manera, aunque a veces me cueste un poco ir a contracorriente: lo que inicialmente era una línea recta, y dejó de serlo por una serie de estúpidas convenciones, en mi caso sigue siendo una línea recta, sin importar qué obstáculos haya de por medio.