lunes, 11 de noviembre de 2013

Los Pilares de la Tierra (II)

La semana que viene iniciaremos un recorrido por el interior de la Catedral de Valencia y sus setecientos cincuenta años de Historia, pero primero tenemos pendiente terminar el paseo por el exterior. Lo empezamos la semana pasada contemplando la parte más antigua del edificio y dirigiéndonos a continuación hacia la Plaza de la Virgen para ver la puerta gótica de los Apóstoles. Deshacemos ahora el camino andado y volvemos hacia la Plaza de la Almoina, dejando atrás la puerta románica y entrando en la calle Barchilla, donde vemos otro paso elevado que ordenó construir el señor obispo en el S.XVIII para acceder a la Catedral desde el Palacio Arzobispal sin tocar la calle (se ve que en las mañanas de invierno pasaba mucho frío el pobre, al recorrer esos veinte metros para dar la primera misa después de tomarse su chocolate con churros). Un poco más adelante en la calle Barchilla se encontraban antiguamente la llamada fosa de los canónigos y el cementerio de la parroquia de San Pedro, y también el primitivo campanario, una torre de planta cuadrada y factura románica; en el año 1419 se pasaron sus campanas al Micalet y a partir de 1438 se procedió a su demolición con el objeto de sacar piedra para las nuevas obras de la Catedral.
Llegamos de esta forma a la Plaza de la Reina y a la Puerta Principal o Puerta de los Hierros, de factura barroca y conocida con este nombre por la reja que la rodea. Al ser su planta curva, el paramento cóncavo al que da lugar creaba originariamente un singular y estudiado efecto de perspectiva cuando se la contemplaba desde la Calle Zaragoza, efecto totalmente desvirtuado en el S.XX a causa del derribo de varios bloques de edificios, que se fue prolongando hasta 1960, para ampliar la Plaza de Zaragoza, actualmente de la Reina. Aunque vista hoy día, en comparación con el tamaño de la Plaza, se ha quedado como decimos muy pequeña, hay que reconocer que sus figuras y su composición son de todos modos de una gran Belleza. En el suelo bajo el arco que forma la entrada, y actualmente ilocalizables tal vez por el desgaste de la piedra con los años, hay dos lápidas que señalan la tumba de Mariana Mont de Aguilar, fallecida en 1621 y que legó su fortuna a la Catedral para que pudiera construirse la portada, y la de su sobrina Petronila. Como podéis ver, por mucha poesía y misticismo que queramos echarle al asunto siempre hay algún detalle, ya sean cabezas talladas, rosetón o lápidas, que nos recuerda de una u otra forma quién ha puesto la pasta.
 
 
A la izquierda de la Puerta de los Hierros (imposible no verlo) tenemos el Micalet o Miguelete, la torre-campanario, uno de los símbolos más representativos de la ciudad de Valencia. Es de estilo gótico y fue levantado entre los años 1380 y 1429 hasta una altura de cincuenta metros en la terraza, siendo, cosa curiosa, su perímetro octogonal igual a dicha altura (podríamos decir, si lo comparamos con los de los pueblos, que es un campanario con muchos esteroides). Durante un tiempo fue llamado Campanar Nou para diferenciarlo del Campanar Vell de la calle Barchilla, y como dijimos hace una semana era originalmente una torre exenta que se unió a la Catedral a finales del S.XV, al prolongarse las naves. Por una escalera de caracol de doscientos siete escalones se sube desde el interior de la iglesia a la Sala de Campanas, con ocho ventanales de los cuales siete están ocupados por éstas, subiendo en el octavo la escalera hasta la plataforma superior, donde está la espadaña con las dos campanas del reloj: la de Quarts, de 1736, y el Micalet, fundida en 1532, destinada exclusivamente a tocar las horas. Dedicada a San Miguel Arcángel, antiguo patrono de la ciudad actualmente caído en desgracia frente a San Vicente Mártir, Sant Vicent Ferrer o la Virgen de los Desamparados, fue esta campana la que dio origen al nombre con que se conoce popularmente a la torre. Con 2,38 metros de diámetro y 7.805 kilos de peso, es la mayor en uso de toda la antigua Corona de Aragón.
En la Sala de Campanas hay once desde el primer momento en que se usó la torre como campanario; se trata de uno de los conjuntos más numerosos de campanas góticas de nuestro país. Se siguen utilizando para las diversas señales diarias, festivas, de muerto y extraordinarias. La más antigua de ellas (y también la más antigua en uso de toda España) es la Caterina, del año 1305, mientras que la más nueva es la Violant, de 1735. Están también, por ejemplo, la Bàrbera para los toques de coro diarios, el Manuel para el toque de cerrar las murallas (que se sigue realizando cada atardecer, aunque hace siglo y medio que no hay murallas que cerrar) y la Maria para las oraciones; los toques manuales los ejecutan los miembros del Gremi de Campaners. Como curiosidad, podemos mencionar también la existencia de una piedra sillar: un pequeño hueco en el muro, en la base de la torre, al que se puede llegar desde la acera estirando un poco el brazo, de manera que si lo golpeas con una piedra o cualquier objeto duro el sonido se transmite muy bien, por algún extraño fenómeno acústico, hasta la Sala de Campanas. Según parece, este sistema se usaba habitualmente para ponerse en contacto con el campanero, que residía en la torre.
 
 
Un elemento más a reseñar en la torre del Micalet son las gárgolas de su parte superior, que alejan el agua de lluvia de las paredes para evitar el deterioro de la piedra con el paso de los siglos, pero no podemos decir que la Catedral de Valencia sea pródiga en ellas: sólo contamos ocho aparte de las que hay en el campanario. Cuatro se encuentran en las esquinas del crucero, por encima de las puertas románica y gótica, y las restantes cuatro se agrupan en la parte norte de la fachada oriental, cerca de la Puerta de la Almoina. Por último, hay otro elemento en la fachada occidental, a la derecha de la Puerta de los Apóstoles, que, acorde con la sobriedad y sencillez de la Seo, apenas llama la atención; pero desde que un día mis ojos se tropezaron con él por casualidad, caminando por la calle del Micalet hacia la Plaza de la Virgen, ya no he podido evitar mirarlo fugazmente cada vez que paseo por allí… Mientras que la campana de San Miguel marca el paso de las horas, los días, los años y los siglos con su tañido grave y pausado, audible en el silencio de la noche desde gran parte del centro de la ciudad, éste es sin embargo un testigo mudo del paso del Tiempo, mucho más discreto pero seguramente bastante más antiguo: un pequeño Reloj de Sol con un solo número romano, el doce, pintado en color rojo y marcando la vertical, la posición del Mediodía, la hora de reunión del Tribunal de las Aguas cada jueves a pocos metros de distancia… Siempre que lo miro me produce un cierto escalofrío, un vértigo interior, la idea de que a pesar de estar la aguja actualmente un poco desviada y oculta al Astro Rey por los árboles cercanos, probablemente su sombra haya recorrido ya las muescas grabadas en la piedra un cuarto de millón de veces desde que se colocó allí, mientras la Tierra gira y gira sin parar sobre su eje y alrededor del Sol.
 
 

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